Aquella noche de verano, María clavó sus uñas en la espalda de Diego como gata en celo, sin saber que él decidiría vengarse de esas heridas durante los siguientes treinta años.

Los suspiros de placer de ese primer encuentro serían poco a poco sustituidos por llantos de dolor y culpa.

El olor penetrante de la piel de aquel joven se convertiría en azufre en las noches de orgías que esperaban ocultas en un futuro aún lejano, dominado por la adicción al sexo.

Aquella sonrisa encantadora se volvería monstruosa cuando aparecía mientras hacía llorar a sus hijos, los mismos que, cuando tuvieran su edad, acabarían matándola por dentro.

Las manos que acariciaban sus pechos pronto agarrarían su cuello para hacerla obedecer.

Y todos los sueños de aquella dulce muchacha terminarían hechos pedazos por haber amado sin red.

Hay cárceles donde uno entra convencido de que es libre.

¿Logrará escapar María de su prisión?

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