Nace de esa mirada que te detiene:

en una puerta cerrada,

desvencijada por el tiempo;

en una ventana por donde atraviesan

la luz, el cielo o un bosque;

en un pueblo donde el tiempo no pasó del todo.

 

Este libro recorre caminos, pausas, lágrimas, barro:

la memoria como materia viva.

En siete capítulos,

como estados del alma.

Habla de la belleza de lo efímero y de lo que

permanece.

De cuerpos atravesados por la herida,

de vínculos que dejan marca,

de silencios que no son ausencia, sino espera paciente.

 

Aquí la imagen se vuelve ancla

y la poesía no explica ni consuela.

Acompaña.

Se detiene en las grietas,

nombra lo mínimo,

y deja espacio para que el lector habite el suyo.

 

Entre paisaje y presencia,

entre duelo y deseo de seguir,

estos poemas abren un umbral:

un lugar donde incluso lo roto puede volver a brotar.

 

A veces.

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